El trabajo arranca en el relevamiento del espacio. Ahí se registran paredes, aberturas, alturas y el recorrido real de quien lo habita: cómo se entra con las bolsas del supermercado, dónde se apoya la bandeja del café, qué sector del local queda a oscuras a media tarde. De esa lectura salen las decisiones de distribución, carpintería a medida, iluminación y materiales.
Después vienen los planos y los cómputos. Son documentos de trabajo, no adornos: permiten coordinar los oficios, estimar cuánto material hace falta y sostener el presupuesto a medida que la obra avanza. Cuando el plano no coincide con lo que aparece al abrir una pared, el criterio técnico ordena la decisión en lugar de improvisar.
La forma de trabajar es sobria y cercana. Se explican criterios, se muestran alternativas y se deja claro qué se puede resolver y qué no, para que cada decisión de reforma se apoye en el uso concreto del lugar y no en una promesa de resultado.